La negación de Pedro

Jesús anuncia la negación de Pedro 

Imagen: La negación de Pedro
Objetivo CLM
Jueves, 02/04/2015 | Región | Portada, Semana Santa

Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos.

Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos.

Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él.

Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco.

Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy.

Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo.

Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó.

Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces.

Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.

De la ambigüedad al pecado

El relato nos presenta las tres negaciones de Pedro en forma progresiva. La primera vez, cuando la criada acusa a Pedro de ser uno de los que andaba con Jesús, éste le responde simplemente que no entiende de qué habla (Mc 14,68), es decir, se hace el desentendido, en un intento hábil por escabullir el asunto, para no llegar ni a contradecir a quien lo delataba en público, ni a negar abiertamente que conocía a Jesús. No se enfrenta con la criada, ni queda mal con Jesús. La primera negación es, pues, la tentación de la ambigüedad, de la vida doble.

La segunda vez, cuando la criada abiertamente lo acusa: “Este es uno de ellos” (Mc 14,69), el evangelista se limita a decir: “Pedro lo negó de nuevo” (Mc 14,70). Ahora no puede decir que no ha entendido, pues le echan en cara por segunda vez la misma acusación: “es uno de los de Jesús”. Esta vez Pedro abiertamente niega ser uno del grupo del Maestro. De la ambigüedad inicial se pasa a una clara negación: Pedro niega ser del grupo de Jesús.

La tercera vez, ya no es la criada, sino un grupo de los que estaban allí los que le gritan: “No hay duda. Tú eres uno de ellos, pues eres galileo” (Mc 14,70). Aquí el drama es mayor, pues ya no es sólo una persona la que delata a Pedro, sino todo un grupito de los que se calentaban en el patio interior de la casa del sumo sacerdote. Esta vez Pedro no se limita a negar su pertenencia al grupo, como en el segundo caso, sino que expresamente niega conocer a Jesús: “Yo no conozco a ese hombre del que me hablan” (Mc 14,71). Del negar pertenecer al grupo, al negar conocer a Jesús, sólo hay un paso. Pedro que, primero negó su condición de discípulo, ahora niega conocer al Maestro, entrando así en la contradicción más grande su vida. No niega solamente a Jesús, sino que niega su misma vida. Negando a Jesús, Pedro ya no es Pedro. Ya no es cabeza visible de la comunidad, pues su fe ya no es la roca firme que un día alabó Jesús. Negando a Jesús, todo ha terminado para Pedro. La tercera negación es símbolo del pecado como rechazo de Jesús y como rechazo de la propia vocación cristiana.

Dice el evangelio que después de la tercera negación, el gallo cantó por segunda vez (Mc 14,72), cumpliéndose así al pie de la letra la predicción de Jesús durante la última cena (Mc 14,30). En aquel momento, dice el texto bíblico, “Pedro se acordó de lo que le había dicho Jesús [...] y se puso a llorar” (Mc 14,72). Pedro escucha en su interior como en un eco las palabras del Señor y se da cuenta que ha mentido, que realmente lo conoce, que negarlo ha sido contradecir su propia existencia. Recordando las palabras de Jesús percibe otra vez cercano al Maestro: aunque él lo ha negado, diciendo no conocerlo, Jesús sigue con él, pues sus palabras siguen resonando en su interior.

Es allí cuando se echa a llorar. El evangelio no dice que haya llorado de arrepentimiento. Simplemente dice que se echó a llorar. Su llanto pudo haber sido de dolor por haber negado al Señor, pero también de rabia con sí mismo por no haber sido coherente aquella noche. El llanto de Pedro no manifiesta necesariamente su arrepentimiento y su conversión. No todos los que lloran se arrepienten de verdad. Al evangelista le interesa dejar en la ambigüedad el hecho y dejar a Pedro envuelto en el dolor y la contradicción. El mensaje de este texto no es la conversión de Pedro. Lo que el evangelio quiere subrayar es que confiar en las propias fuerzas es un camino falso y peligroso y que incluso el mayor de los Apóstoles puede caer cuando comienza a jugar una doble vida y no pone toda su confianza en el Señor. El texto no termina con la conversión sino con el fracaso de Pedro, que llora en soledad su dolor y su incoherencia, y que sólo después de la resurrección volverá a proclamar abiertamente su fe y su amor en Jesús, cuando el Señor le preguntará tres veces si lo ama más que los otros (cf. Jn 21,15-23).

Jesús y Pedro son sometidos a interrogatorio en el mismo momento

Después que Jesús fue arrestado en el huerto de los Olivos, el evangelio de Marcos nos lo presenta en forma contrapuesta a Pedro: “Condujeron a Jesús ante el sumo sacerdote y se reunieron todos los jefes de los sacerdotes, los ancianos y los maestros de la ley. Pedro lo siguió de lejos hasta el interior del patio del sumo sacerdote y se quedó sentado con los guardias, calentándose junto al fuego” (Mc 14,53). Jesús es conducido ante las autoridades judías, al mismo tiempo que Pedro, siguiéndolo de lejos, se dirige al patio interior que quedaba en el piso de abajo de la habitación donde interrogaban a Jesús. La disposición espacial es clara: el Maestro en el piso de arriba, delante de las autoridades judías; Pedro, en el piso de abajo, en el patio. El evangelista quiere contraponer a ambos y mostrar que la actitud del uno y del otro es radicalmente diversa.

Jesús, en el piso de arriba, es sometido a interrogatorio de parte de las más altas autoridades judías (Mc 14,55-65). Cuando el sumo sacerdote le pregunta acerca de su identidad, la respuesta de Jesús no se hace esperar: “Yo soy (el Mesías), y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo” (Mc 14,62). Jesús proclama abiertamente su identidad mesiánica y el sumo sacerdote percibe el verdadero alcance de su respuesta. Jesús reivindica para sí, no sólo la condición de Hijo de Dios, sino el trono celeste y el derecho de ser el juez escatológico. Esta pretensión de equipararse a Dios es lo que constituye su blasfemia y lo hace merecedor de la muerte ante el Consejo de Ancianos. Jesús ha sabido hablar valientemente, sin ocultar su identidad y su misión, por eso es modelo de testigo, pues no ha ocultado su verdad y la verdad de Dios, aún a costa de afrontar la muerte a causa de sus palabras.

Pedro, en cambio, no sabrá ser testigo y aquella noche será víctima de su miedo y de su debilidad. Se encuentra en el patio interior, en el piso de abajo, en el mismo momento en que su Maestro es interrogado por las autoridades en el piso de arriba. Allí es asediado por una criada del sumo sacerdote y por otros que se encontraban en el lugar, los cuales le preguntan acerca de su condición de discípulo de Jesús (Mc 14,66-72). Mientras el proceso realizado contra el Maestro, en el piso de arriba, culminó con la valiente confesión de Jesús, el proceso realizado contra el discípulo, en el piso de abajo, concluye con la cobarde negación de este último, que proclama abiertamente no ser discípulo de Jesús y ni siquiera conocerlo. Mientras Jesús es modelo de testigo, Pedro encarna la debilidad y el temor. Jesús enfrenta la pasión confiado en Dios, Pedro lleno de miedo niega conocer al Maestro, pues confía solamente en sus propias fuerzas. Es lo que veremos a continuación.

Las causas de las negaciones de Pedro

No podemos decir que Pedro no haya amado a Jesús. Desde el inicio se entusiasmó con el Maestro y con la proclamación del reino, dejándolo todo para seguirlo (Mc 1,16-18). Sí, Pedro había dejado todo por el Señor. Entonces, ¿cómo fue posible que llegara a este punto dramático de su vida en que negó conocerlo?

Las causas hay que buscarlas a nivel espiritual, es decir, al interior del proceso de fe vivido por Pedro, y son fundamentalmente tres: Pedro se creyó mejor que el resto del grupo, estaba demasiado seguro de sí mismo y pensó que era él quién debía salvar a Jesús. Veamos las tres causas separadamente:

La primera causa es la arrogancia de Pedro que desprecia a sus hermanos. Cuando Jesús anunció en la última cena que todos lo abandonarían (Mc 14,26), Pedro le respondió en modo intempestivo y casi altanero: “Aunque todos te abandonen, yo no” (Mc 14,29). Pedro pensaba que todos los demás eran capaces de abandonar al Maestro, excepto él. Él era distinto. Como el fariseo de la parábola, que daba gracias a Dios porque no era como el resto de los hombres: ladrones, injustos, adúlteros, etc. (cf. Lc 18,9-14), también Pedro creía estar hecho de una pasta distinta de la que estaban hechos los demás hombres. Pedro no sólo se creyó mejor, sino que incluso llegó a juzgar a los demás, olvidándose de la palabra de Jesús: “no juzguéis y no seréis juzgados” (Mt 7,7). La vida le enseñó que no era mejor que los otros, que él también era capaz de negar y abandonar a Jesús.

La segunda causa es la exagerada confianza que Pedro tenía en sí mismo. Por sí solo se cree capaz de hacer grandes cosas por Jesús. En la última cena, cuando Jesús anunció que sería abandonado por todos, Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (Mc 14,31). Y parece ser que todos los demás compartían también este mismo sentimiento, pues el evangelio añade: “Y todos decían lo mismo”. Pedro se creía fuerte y pensaba que con sus propias fuerzas sería capaz incluso de morir por Jesús. Este fue su gran error. Se olvido de lo que dice el Salmo 62, que el hombre es como “una pared que está a punto de caerse o como un muro agrietado” (Sal 62,4). Por eso este mismo salmista oraba así: “Sólo Dios es mi roca, mi salvación y mi fuerza: ¡no seré derrotado!” (Sal 62,6). Qué distinta a la actitud de Pedro, que estaba tan seguro de sí mismo y se olvidaba de poner su confianza en Jesús.

La tercera causa es la idea equivocada que tenía Pedro, que pensaba que su misión era salvar a Jesús, olvidándose que es siempre Jesús el nos salva a nosotros. Pedro le prometió a Jesús no abandonarlo (Mc 14,29) e incluso llegar hasta la muerte por él (Mc 14,31). Estaba convencido que podía hacer algo por evitar el dolor y la muerte de Jesús. El evangelio de Mateo nos recuerda incluso que uno de los discípulos, que seguramente pensaba como Pedro, cuando llegaron a prender al Señor en el Huerto, “sacó la espada y, dando un golpe al criado del sumo sacerdote, le cortó una oreja” (Mt 26,51). También éste pensaba que se debía imponer la fuerza humana en los planes de Dios. A éste, Jesús le reprendió fuertemente aquella noche del prendimiento: “Guarda tu espada, que todo el que pelea con espada, a espada morirá” (Mt 26,52). Jesús no sólo condena abiertamente todo tipo de violencia, sino que deja claro que no es la fuerza del discípulo la que dará la salvación, sino la entrega del Maestro que, pasando por la debilidad de la cruz y de la muerte, fortalecerá a los discípulos después de su resurrección. No es el discípulo el que salva al Maestro, sino que es el Maestro el único Salvador del discípulo.

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